Mujer mayor mirando el horizonte

Hoy, las compañeras del área de psicología de la Asociación TRABE hacen una reflexión en torno a la soledad de las mujeres.


La soledad es una experiencia individual, subjetiva, que, como toda emoción, es adaptativa, porque nos da información y nos motiva a movernos o a cambiar. El sentimiento de soledad puede indicarnos, por ejemplo, que no estamos satisfechas con nuestra vida, que necesitamos un cambio o que nuestras relaciones son insatisfactorias: que tenemos pocos vínculos valiosos y de calidad.

Aunque hay algunos factores que pueden hacernos más vulnerables de sentirnos solas, en general, la soledad no entiende de edades, de clases, de géneros o razas. Nos atraviesa a todos y todas. Todas las personas somos vulnerables de vivir esa emoción.
Pero hay tantas formas de vivir la soledad como personas en este mundo, por eso nosotras preferimos hablar de soledades.
Porque puedes vivir sola, o llevar una vida solitaria, pero no sentirte sola. Si la soledad es elegida, la vivencia es muy positiva y enriquecedora.

Vivimos en una cultura que rechaza y da una visión muy negativa de la soledad. La soledad asociada a la vejez, la soledad como fracaso. Y además, es una cultura que no favorece nada lo colectivo ni la prevención de la soledad. Una sociedad individualista, gentrificada y capitalista que culpabiliza al que se siente solo y lo considera un problema puramente individual.

En esta cultura patriarcal, la soledad es lo peor que le puede pasar a una mujer. A las mujeres nos educan para que la soledad nos aterre, para que la soledad nos desole. Basta con fijarse en los nada sutiles matices que diferencian los conceptos de “solterona” y “soltero de oro”. Y esto hace que muchas mujeres prefieran quedarse en relaciones insatisfactorias o dañinas antes que parecerse en algo a la patriarcal imagen de la loca de los gatos.

Es muy importante que tengamos referentes de soledades libres, sanas y satisfactorias. Porque los hay, pero apenas aparecen en los medios. Necesitamos nuevos relatos y ampliar el imaginario.

Por eso hoy queremos contaros que, durante esta cuarentena, hemos tenido oportunidad de acompañar como psicólogas a varias mujeres que viven solas. Mujeres diversas, de diferentes edades. Algunas viudas. Otras que, por opción personal, han elegido este modo de vida. Muchas mayores. Mujeres que encajarían en el perfil de solterona amargada, o de mujer mayor, pegada a la televisión, a la que le consume la soledad. Y sin embargo, lo que me he encontrado es muy diferente. Mujeres que se sienten muy libres, que disfrutan enormemente de su tiempo, de su espacio. Que se sienten importantes. Satisfechas con ellas. Sin tiempo para aburrirse.
Mujeres que se masturban, que dicen disfrutar más de su cuerpo y su sexualidad que cuando eran jóvenes, que tienen sexo esporádico y no se plantean emparejarse con alguien y perder parte de su libertad.
Mujeres que se han liberado de la carga de los cuidados y que, por fin, llenan todo su tiempo de ellas y para ellas, y de amigas, de pasiones, de familia y de paseos. Mujeres con tiempo propio.

Consideramos fundamental nombrar a estas mujeres, visibilizar esas soledades no desoladas, para romper estereotipos y para tener otros referentes.

Como dice Marcela Lagarde, la soledad es la que nos permite prosperar como sujetos y desarrollar nuestra autosuficiencia. Y nosotras lo suscribimos y trabajamos para que las mujeres tengan y cultiven sus espacios propios. Unos espacios necesarios para averiguar quiénes realmente somos, qué sentimos y qué queremos. Para crear nuestro propio criterio. Para conectar con nuestras pasiones, con nuestra creatividad y que proporcionan herramientas poderosas para enfrentarnos a la vida.